El regalo de cumpleaños

Te hablaré, entonces, de uno de los amores de mi vida. Un amor ‘no humano’.

Hubo una oleada de robos en la calle, algunos a mano armada. En aquella época yo dormía sola y me costó adaptarme a los ruidos de aquella casa, a la soledad nocturna.

Llegó a mi vida en una fría noche de enero, unos días antes de mi cumpleaños. Parece que las cosas hermosas llegan a mi vida en esta época. Tenía como un ligero olorcillo a queso fresco que solo se notaba si te acercabas mucho. Me lo embalaron con su comida y su correa. Ambos íbamos en el coche muy asustados, él temblando de frío y de miedo; yo lo miraba de reojo mientras conducía, sintiendo entre pena y desolación por mi incapacidad para adquirir compromisos. Se pasó toda la noche llorando. No pude dormir por mi imaginación de su desesperanza, por mi crueldad, por no quererlo lo suficiente, por no saber consolarlo, por haberlo adoptado solo como un instrumento de defensa personal. Me sentí egoísta.

Por la mañana se acercó trotando todo lo alegremente que le permitían sus tres torpes meses. Me perdonó y me dio el primer lengüetazo. Ese primer beso selló nuestro amor para siempre. Nos adaptamos rápido el uno al otro y comenzó a darme menos miedo dormir sola. Sí yo leía, él leía; si yo caminaba, él caminaba. En verano salíamos al patio y encendíamos velas; yo le bailaba a las estrellas y él contemplaba atento, con la cabeza apoyada entre las patas, el compás de las monedas de mi cintura.

Tenía solo una debilidad: se dejaba hipnotizar por el vaivén de unas caderas perrunas. Se fugaba y luego volvía despeinado, con margaritas y hojas rotas en el pelo. Yo, entonces le regañaba, pero él sabía que en el fondo lo envidiaba por su valentía, por su espíritu libre, y de alguna forma me lo restregaba con un teatro que consistía en un bajar de orejas falsamente humilde acompañado de una mirada socarrona.

Murió de cáncer con apenas cinco años. Nuestro amor se terminó una noche de verano; tuvo la delicadeza de no morir cuando caen las hojas. Como tantas otras cosas, debió intuir que mi verano sin él iba a resultar menos doloroso que mi otoño. Al año siguiente desarrollé alergia a los perros, al amor. He tenido varios intentos más, pero siempre han sido fallidos. No es fácil encontrar un alma conectada a la tuya. No es nada fácil.

Texto: Cuca Centeno. ©. Copyright.-
“Los perros son nuestra unión al paraíso. No conocen el mal ni los celos ni el descontento. Sentarse con un perro en la ladera de una montaña en una tarde gloriosa es volver al Edén, donde no hacer nada, no era aburrido: era paz”                             Milán Kundera.

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Ventanas.

Siempre que voy a un lugar nuevo, lo primero en lo que me fijo es en las ventanas. Un baño con ventana es un plus y los cafés con ventana me saben mejor. Cada lugar, cada barrio, cada pueblo, tiene unas luces distintas, un olor distinto. La sangre que fluye en las arterias de las calles posee un ADN diferente.

La ventana donde duermo tiene rejas tradicionales blancas, y un olor a brisa fresca y sonrosada cuando la abro en invierno. Estacionalmente tengo un amigo ruiseñor, regordete y vergonzoso, que me espía hasta que me pongo en movimiento. Las noches de verano solo deja entrar estrellas, códigos secretos de perros que se comunican a lo lejos, las campanas de la iglesia y grillos. A menudo refresca y me tengo que levantar para cerrarla, con la tristeza de saber que dejo de pertenecer a ese mundo. He tenido ventanas de barrio que daban a ojos de patio. Me gustaba fumar allí e imaginar la vida de cada piso; la ropa que tendían me aportaba mucha información. Al medio día había fiesta en las cocinas y se oía el crujir de los cubiertos y el olor de las patatas con pimientos o el lomo a la plancha. Un batiburrillo de aromas que confluían en el patio del vecindario y despertaban mi imaginación y mi apetito. La hora de la comida era más divertida que ahora, porque de alguna manera se hacía en comunidad. Tras el ajetreo de los platos en verano, el silencio de la siesta, alguna telenovela a lo lejos e incluso algunos susurros de amor.

Tuve una ventana que daba justo frente a Sierra Nevada y me parecía menos real que las anteriores. A pesar de su belleza, era lejana e inerte como una postal de Navidad. No tenía ninguna esencia, como máximo alguna ambulancia triste dejaba un hedor a preocupación y gasolina.

Hubo una ventana alta y temporal en la que fui muy infeliz. Para contrarrestar, pasaba la luna llena e inundaba el dormitorio de un blanco esperanzador. Se veía la ciudad a lo lejos llena de luces y sabía que en cada una de ellas habitaban almas (seguro que algunas tan tristes como la mía y otras, llenas de la esperanza que yo deseaba tener). Conocí una ventana llena de souvenirs en donde se hablaban todos los idiomas y olía a incienso. Y de todas las ventanas que me he parado a sentir, la más mágica de todas estaba frente al mar. Por la noche escuchaba las olas que me acunaban con su respiración hasta que me dormía. Estaba tan cerca que podía intuir su movimiento palpitando bajo mi cama. Aquella ventana tenía dos lunas, una en el cielo y otra en el espejo del mar, que cada noche construía un camino en línea recta con lucecitas blancas y saltarinas llenas de sal.

En mi infancia tuve una ventana aparentemente sosa, una farola y una pared blanca, eso era todo, pero escondía mil mundos si sabías mirar. Por la noche cobraba vida y la pared se convertía en un tapiz de lagartijas a la caza cuyo cuartel general era la farola. En primavera compartían estancia con una familia de golondrinas que salían a buscar comida dejando a sus crías en el nido. También había palomas que se acostumbraron a cruzar descaradamente, porque mi padre les daba de comer. Tenía una mesa debajo de la ventana donde solía leer y me sobresalté más de una vez porque aparcaban bruscamente en un aleteo rotundo, justo al lado de los geranios, siempre rosas, de mi madre.

Ha habido ventanas de una noche que apenas recuerdo. Otras inolvidables, como aquella de artesonado mudéjar con marcos de madera; me despertó la Torre de la Vela y me asomé despeinada para desperezarme de tanto amor. La Alhambra me miraba cómplice de reojo. Hubo una ventana amplia y descarada que daba al río Genil. Allí él me desabrochó con urgencia los botones de un vestido de novia que nos parecieron interminables. En aquel momento era tanta la necesidad que ni nos detuvimos a cerrarla, la pasión no suele ser tímida. Ha habido ventanas aburridas, como aquella gris de la Universidad de Filosofía que tenía un monólogo literario que en aquel momento no quería escuchar. La ventana era gris y la literatura era gris. Andar mercadeando con notas asuntos literarios era de un descaro que no podía soportar. Y pensé que me había equivocado, y probablemente me equivoqué. La literatura, al igual que la política, no me han dado lo que esperaba desde dentro de un sistema: ambas son más libres y más incorruptibles desde fuera.

Esas han sido algunas de las ventanas de mi vida. Ha habido ventanas en las que he suspirado de felicidad, algunas en las que he soñado y otras en las que he tiritado de ansiedad, de soledad y de frío. Tantas ventanas me quedan por contaros.., tantas por descubrir… Por eso sé que si andamos un poco perdidos, siempre nos quedará abrir una nueva ventana y respirar.

” Las cosas cambian, la gente cambia, y el mundos seguía girando al otro lado de la ventana”.   Mensaje en una botella. Nicholas Sparks.

Texto: Cuca Centeno. ©. Copyright.-
Imagen: Muchacha en la ventana. Salvador Dalí.

La antesala del cielo.

Inexorablemente tuvo que mentir para seguir allí. Esa fue una de las tantas incoherencias que la habían llevado al borde del abismo. Eva se había dado cuenta de que no podía engañarse, ni a los demás, ni a sí misma. Eso le había provocado, sin que ella fuera consciente, sus crisis de pánico. Ser honesta y morir de alguna manera o ser sincera y vivir con todas las consecuencias.
Subió cinco pisos de escaleras para no coger el ascensor. Su primera visita al psiquiatra y ya llegaba sin aliento. No sabía qué tipo de gente encontraría allí. Entró en la sala de espera y se desanimó al verla completamente llena. Parecía un andén lleno de pasajeros impacientes. El calor era sofocante. Le iba a tocar esperar. Se sentó en el único sitio libre y sutilmente comenzó a observar a sus compañeros. La habitación estaba llena de ángeles expulsados del cielo sin previo aviso.
Las paredes estaban tapizadas de un color entre rojo y negro intentando dar un toque de modernidad que finalmente resultaba lúgubre.
Una muñeca de unos quince años se comía las uñas: moño alto, falda y ademanes de bailarina, unas tristes y delgadas piernas que movía de un lado a otro en una gravitación casi etérea. Unas sandalias que, aún sentada, apoyaba en el suelo de puntillas. La piel de papel y el gesto inquieto.
Un hombre de mediana edad se escondía con vergüenza tras una revista que no le interesaba. Llevaba el eco de la intelectualidad en el rictus, parpadeaba constantemente parapetado tras su revista y se subía las gafas, probablemente pensando lo mismo que todos los demás: ¿qué hago yo aquí?
Un matrimonio de jubilados sentados en el filo del sofá: ella le alargaba la mano de vez en cuando y lo miraba; él, en silencio, bajaba sus ojeras hacia el suelo.
Una señora sentada junto a la puerta, rústica y rotunda como un hombre, sudaba y se abanicaba con impaciencia rompiendo la respiración constante del aire acondicionado.
Atrincherada en una esquina, una mujer de unos cuarenta años de belleza salvaje, pendientes, vestido, collar y pelo largos. Tiene cara de escritora –pensó Eva–.
Se observan despistadamente unos a otros con la mirada de la camaradería que arrastra la tristeza, el dolor, la frustración o sencillamente la vida.
A Ángela, la bailarina, la perfección por la danza la está matando de anorexia.
Gabriel, el intelectual, no ha podido superar el daño que ha causado al amor de su vida tras su infidelidad .
A Rafaela, la mujer grande, le ha sobrevenido la menopausia y la soledad. Sus hijos se han marchado de casa y los sofocos le producen añoranza y la añoranza le produce sofocos.
Miguel, el señor mayor, ha perdido a su madre. Ella ya tenía noventa y nueve años, es capaz de comprender que había vivido lo suficiente, pero esta somatizando los mismos síntomas que tuvo antes de morir.
María, la chica hippy, no puede viajar, le dan pánico los aviones y en el meridiano de su vida ha decidido no posponerlo más: quiere ver Paris, Tokio, ser la aventurera que siempre quiso ser. Una madre protectora, chantajista y su carácter hiperestésico han hecho el resto. Está decidida a marcharse y volar.
Todos están allí por la misma razón: necesitan volver al lugar de donde proceden, necesitan aprender a volar.

Si vas a intentarlo, ve hasta el final.

De otra forma ni siquiera comiences.

Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
Esto puede significar perder novias,
esposas,
parientes,
trabajos y,
quizá tu cordura.

Ve hasta el final.
Esto puede significar no comer por 3 o 4 días.
Esto puede significar congelarse en la banca de un parque.
Esto puede significar la cárcel.
Esto puede significar burlas, escarnios, soledad…
La soledad es un regalo.
Los demás son una prueba de tu insistencia, o
de cuánto quieres realmente hacerlo.
Y lo harás,
a pesar del rechazo y de las desventajas,
y será mejor que cualquier cosa que hayas imaginado.

Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
No hay otro sentimiento como ese.
Estarás a solas con los dioses
y las noches se encenderán con fuego.

Hazlo, hazlo, hazlo.
Hazlo.
Hasta el final,
hasta el final.

Llevarás la vida directo a la perfecta carcajada.
Es la única buena lucha que hay.

Charles Bukowski.

Texto: Cuca Centeno. ©. Copyright.-
Imagen extraída de Internet, si eres su autor dímelo y añadiré tu nombre o la retiraré de inmediato.

En algún lugar de la memoria

Mi abuelo luchó en el bando nacional, o como a él le gustaba aclarar: —Estuve, porque luchar no luché—. Un día, en el bando republicano, escuchó a alguien gritar: —¿Hay alguien ahí de Calle Real?—. Y a él le pareció claramente la voz de su amigo Paco. En ese momento decidió no pegar ni un solo tiro si no era en defensa propia. Las razones eran claras: en primer lugar, no sabía por qué había que luchar y, en segundo lugar, si su amigo Paco moría, ¿con quién iba a tomarse los churros de los domingos sentados al sol en la Plaza Bib Rambla? ¿A quién le iba a contar sus cosas cuando terminara aquella pesadilla? —ni hablar, ni hablar —decía siempre. Es verdad que Paco era muy rojo y que a él le interesaba poco o nada la política pero era su amigo, su mejor amigo. A mí abuela la debió marcar el día que se lo llevaron, porque lo contaba siempre; incluso con Alzheihmer, repetía la historia perfectamente: — Tu madre era muy pequeña, se lo llevaron y tu madre lloraba. Tuve que tirar tanto de ella para que no saliera corriendo detrás de tu abuelo que se le salió un hombro. Y así estuvo días, con el hombro salido y abrazando una muñeca. Mi hermano, que en aquella época sufría problemas económicos y vivía con nosotros, se ahorcó; dejó una nota en la que explicaba entre otras cosas que era pacifista, que ya era algo más de lo que era tu abuelo, porque tu abuelo es que no era nada, al pobre le venía todo bien. Y así fue cómo salí de aquella casa con tu madre, el hombro descolocado, la muñeca y un hatillo con lo más inmediato pensando en no volver allí nunca más, nunca más. Cuando entraba en la habitación, no podía sacarme de la cabeza las botas muertas de mi hermano dando tumbos en mitad de la habitación, ¡con el trabajo que me había costado sacarlo adelante!. Era la segunda vez que cerraba puertas y pestillos para enterrar allí los recuerdos e intentar olvidar. Lo cerré todo bien fuerte, ¿sabes niña? Bien fuerte—. Mi abuela se tuvo que venir de la Alpujarra siendo ‘mozuela’, decía ella; una epidemia de tuberculosis acabó con sus padres y dos de sus hermanos. Ella era la mayor, así que vendió lo que tenía y se vino a Granada para intentar sacar a sus tres hermanos pequeños adelante. — Luego llegó la guerra y me robó otro. Tanto sacrificio para esto, putas guerras y putos gobernantes— y escupía al suelo. Yo me quedaba boquiabierta, porque normalmente era muy educada. Recomponía su talante elegante, se ponía bien la falda sentada muy recta y se atusaba un pelo rizado y abundante plateado por los años y por sus batallas. Mi abuelo arreglaba muebles y ponía anea a las sillas. Cuando mi abuela pasaba por la puerta, con esos ojos tan grandes, ese pelo y aquellas caderas, él salía rápidamente a la puerta. Como era nueva en el barrio, le puso la forastera y cuando pasaba le decía: — forastera, ¿cuándo te vas a casar conmigo?—. Lo miraba con ese carácter seco que la caracterizaba y no le contestaba. Para ella era solo un niño. Él tenía 23 años y ella 30 cuando se casaron. Él lo achacaba a que sus encantos eran irresistibles; ella, a que él le devolvió la sonrisa. Cuando volvió de la guerra, mi abuela contaba que parecía una marioneta: —Vi venir a un hombre con unas patillas muy secas, con la ropa rota y muy sucio.Había algo en su mirada diferente. Yo no sabía bien si era tu abuelo, lo abracé fuerte y cuando lo saqué de la bañera, vi que sí, que era mi Antonio; había vuelto, aunque el brillo de su mirada no volvió nunca, se lo llevó la guerra—. En toda su vida no le perdonó al bando con el que luchó que su amigo Paco no volviera. Eran otros tiempos, los médicos no recetaban Prozac, así que todos se administraba su propia cura ‘ dos vasillos de vino’. Nunca estaba borracho, pero no podía vivir sobrio. Murió de cirrosis. Lo mató la incapacidad de vivir en el mundo real. Yo era muy pequeña. Mi madre me llevaba al hospital porque no tenía con quien dejarme. — Ven aquí conmigo, lo que tengo no es contagioso—. Me miraba con ojos dulces y me decía: — Estos mofletes no tienen precio —. Mi madre dice que nos quedábamos dormidos abrazados, y de esa forma fue como un día yo me desperté y él no. Se murió con las ganas de saber dónde estaría enterrado su amigo Paco para poder ponerle unas flores los domingos por la mañana. Y no, no era odio, no era rencor, era amor.

Es 20 de junio. Normalmente me gusta subir a la tapia del cementerio de Granada, pero hoy estoy fuera y, en su defecto, he decidido ponerme a escribir esta historia para compensar; no sé por qué a tanta gente le cuesta entender que no es una cuestión de odio, es una cuestión de cicatrizar heridas.

Mi abuelo está enterrado al otro lado de la tapia, tuvo un entierro digno, pero sé cuánto le hubiera gustado que la familia de su amigo tuviera también un lugar donde acudir a llevar flores.

…) Philip se dio cuenta que, en una guerra civil, la primera baja era la de la justicia. Los pilares de la Tierra” (1989),Ken Follett

 

Texto: Cuca Centeno. ©. Copyright.-

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El baúl de los sueños.

El calor había entrado de golpe, le pesaban las piernas y se sentó en un banco para descansar, la mochila llena de libros le estaba lastimando el hombro. Incluso las palabras, una de las cosas que más le gustaban,comenzaban a pesarle, pensó mientras las soltaba de golpe y se agachaba para buscar en un bolsillo un cigarro, que no debía fumar porque se le acentuaba aún más el nudo del estómago. El árbol que había junto al banco movía armónicamente sus hojas recién estrenadas, orgulloso y brillante. Qué fácil sería vivir sin tener que pensar, solo estar, enraizada a la tierra dejándose acariciar por el sol y la lluvia.

En ese momento se escuchó una estampida de voces infantiles y salieron al patio dando gritos un buen número de mamíferos humanos. Los miró con nostalgia tras la cancela, mientras exhalaba el humo. Tendrían cinco o seis años y blandían en la mano espadas de colores que probablemente les habían dado para celebrar el final del curso escolar. Le vino a la mente aquella canción de Fede Cómín “de grande no quisiera ser mayor”, y unos versos de Rilke, “La verdadera patria del hombre es la infancia”. Ser adulta había convertido su infancia en un baúl de los sueños,algunos quizás recuperables.

Estaba fascinada por tanta felicidad inconsciente. En unos años sabrían que esto es la guerra y les deseó que sus espadas siguieran siendo rosas y de plástico y que su objetivo continuara siendo atacar al enemigo para robar cosquillas y sonrisas. Cerró los ojos y lo pidió al universo desde su corazón de niña adulta. Su amigo el árbol asintió con las ramas. O eso quiso pensar ella.

“Ninguna razón tenemos para recelar y desconfiar del mundo en que vivimos. Si entraña terrores, son nuestros terrores. Si entraña abismos, esos abismos nos pertenecen. Si es así de peligros, hay que procurar amarlos. Quizá sean todos los dragones de nuestra vida, princesas que sólo esperan vernos alguna vez resplandecientes de belleza y valor.” Rainer María Rilke.

Texto: Cuca Centeno. ©. Copyright.-

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Las mujeres de mi vida.

―En estos momentos no puedo ocuparme de tus manías belicosas del contraataque y más, cuando me has pillado con los rulos puestos y el Mister Proper en la mano ,ocupándome del Feng Shui y el orden kármico de mi casa ―le grito.

No me puedo buscar un par de poetas que me regalen palabras bonitas, no. Yo me busco un par de marujas gritonas de jolgorio. Eso pienso mientras la Mari me vocifera desde la ventana de enfrente si le han quedado bien las mechas, pero qué alegría me da cuando la veo ponerse cómoda en al poyo de la ventana, con su cigarro en la mano y su cabeza vacía de preocupaciones. Lo hace de forma voluntaria, ella es superflua por elección, dice que es más feliz así. No hay que tomarla a broma, es capaz de guardar en sus neuronas el último catálogo del Ikea y el de rebajas de Zara con sus códigos correspondientes.

―¿Cómo vas culturetas? Vaya pelos que tienes. Desde que te ha dado por el rollo naturista me aburres. Tu mal rollo con los parabenos va a terminar con nuestra amistad, tienes el pelo hecho un asco. Deja ya esa mierda de Henna y pásate a la mala vida del amoniaco.

Es mi pepita grillo maligna rubia y fumona de la casa de enfrente. Experta en relativizar mis calentamientos de cabeza.

―Que sepas que voy a vivir menos que tú pero mejor y más guapa, que lo sepas, ―grita mientras echa una bocanada de humo que llega hasta mi ventana. Como éramos pocas, parió la abuela, y la Carmen acude al olor de los gritos y el humarín de la Mari.

―¿Qué pasa con la Madame Bovary de la Chana? ¿Ya se ha achicharrado el pelo otra vez? Es que desde que se ha echado a ecologista radical no hay quien cojones  la aguante. Imagínate, Mari, que el otro día estuve en su casa y le he descubierto un nuevo secreto: utiliza desodorante de perro flauta, un mineral de alumbre que se pasa por el sobaco con total normalidad. La verdad es que he pensado en probarlo porque dice que le ha costado seis pavos en el herbolario de la Conchi y que le dura un año y encima adiós golondrinos.

Veo a Carmen sacar el paquete de tabaco, mueve el dedo gordo repetidas veces hacia abajo, la Mari entiende y le tira el encendedor, que vuela por encima del naranjo y cruza delante de mi cara de boca abierta y va a parar, con  matemática precisión, a manos de la Carmen. Por lo visto lo de arreglar mi vida va para largo. 

―Quita ya al Aute ese o me voy a tragar la caja de Prozac que me queda. La Carmen y yo nos vamos a la zumba, vente y deja ya el puto yoga que te vas a descoyuntar, y digo yo que  podrías pasar hoy de la manifestación de los miembros y las miembras y venirte luego con nosotras de compras.

― Mira que sois brutas, me voy que llego tarde, os busco esta noche en el bar de Julio,  después de la manifestación. ―Les contesto entre que me aguanto la risa y las censuro con un movimiento de cabeza mientras cierro la ventana.

A menudo nuestras conversaciones son triviales, pero detrás de nuestras trivialidades se esconde siempre una preocupación  constante por el bienestar de las otras. Pienso en el feminismo, en mi Carmen, en mi Mari, que nunca me han dejado sola ante la vida, que siempre han cuidado de mí ante cualquier adversidad. En lo feministas que son, aunque ellas no lo sepan, ni me acompañen a las manifestaciones . La autenticidad no necesita afiliaciones ni distintivos, sobran palabras cuando hablan los hechos. Las mujeres más fuertes son las que ves ayudándose entre sí. No entiendo el feminismo sin solidaridad entre mujeres. Ayudarnos entre nosotras parece simple, pero a lo largo de mi vida  he comprobado que puede llegar a ser mucho más complicado de lo que se escribe. Hoy brindo por las feministas del mundo, por todas,  por las que dicen serlo, y por las que lo son  aunque no lo sepan.

“Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que no conocí, pero que forjaron un suelo común, de aquellas que amé aunque no me amaron, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y tierno corazón guerrero” Alejandra Pizarnik.

Texto: Cuca Centeno. ©. Copyright.-

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Cambio de hora.

La tarde cae a través de una ventana de Granada. Un patio soleado lleno de enredaderas comienza a ensombrecerse. La tristeza se derrama por el verde de las paredes. Tenemos un silencio de concentración y de estudio. Me fastidia el cambio de hora, nunca he sabido muy bien qué hacer con la oscuridad. Ella me saca de mis pensamientos y pregunta sobre Los Girasoles Ciegos. Me devuelve la atención a la mesa donde tenemos un texto de Alberto Méndez, ese fragmento en donde el joven poeta muere de frío, de hambre y, sobre todo, de amor y de ideología. Me está mirando interrogante con sus grandes ojos tristes, como diría el poeta. Espera una respuesta.
Le explico que es un libro que describe muy bien una guerra entre hermanos, la injusticia del odio. Le cuento que las víctimas que provoca una guerra siempre son las mismas, independientemente del bando al que pertenezcan. Siempre sufre el más sensible, siempre gana el más indolente, el más despiadado. El pueblo solo es víctima del que provoca una guerra. Le hablo de la necesidad de tener un criterio propio, de no conformarse nunca con lo que te cuentan, de informarse siempre antes de opinar, de la importancia de no juzgar, de intentar buscar siempre la verdad.
Pero era solo un poeta, no le había hecho nada a nadie, era joven y estaba enamorado, su mujer también ha muerto. Es injusto, no me gusta este libro ―me dice disgustada mientras baja una mirada disconforme.
Si no te gusta este libro, no te va a gustar la vida ―le contesto.
Se lo digo y me lo digo a mi misma, mientras leo de reojo en el móvil, otro mensaje de algún descerebrado que me acusa de ser escritora, de no encontrar nunca la pareja de mis calcetines, de ser crítica, de ser libre, de no tener un líder, de ser un cúmulo de defectos que intenta vivir tranquila en una casa aliñada de jardín con gatos y libros con música clásica. Pero ha llegado una nueva deidad y ha dicho lo contrario. Y yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa. Otro poeta en mi mente de nuevo.
Simba me lame la mano que me cuelga de la mesa para llamar mi atención. Sus redondos ojos negros escondidos tras sus bigotes y sus pobladas cejas me roban una sonrisa.
Solo vosotros podréis salvar el mundo ―le digo acariciando sus peludos mofletes. ―Solo vosotros, nosotros ya no podemos.
¿Por qué le dices eso? ―pregunta ella.
¿Has leído Rebelión en la Granja? ¿Has leído 1984? ¿Has leído Tiempo Desarticulado? ¿Has visto el Show de Truman? Pues debes hacerlo si quieres hacer un buen comentario de texto, si quieres tener tu propio criterio ―le contesto.
Aunque si quiere ser feliz, quizás es mejor que no lea nada. Pienso que es una buena chica, quizás es preferible  dejarla que siga mirando Instagram.

Texto: Cuca Centeno. ©. Copyright.-

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“Sí. Hemos perdido una guerra y dejarnos atrapar por los fascistas sería lo mismo que regalarles otra vez otra victoria. Elena ha querido seguirme y ahora sabemos que nuestra decisión ha sido errónea. Quiero pensar que jamás se cometió un error tan generoso.
Debimos hacer caso a sus padres, a los que pido perdón por permitir que Elena me acompañase en mi huida.
Que te quedes, no te harán daño, le dije. Que te sigo. Que me matan. Que me muero. Hablábamos de la muerte para dejar la vida al descubierto. Pero nos equivocábamos. Nunca debimos emprender un viaje tan interminable estando ella de ocho meses. El niño no vivirá y yo me dejaré caer en los pastos que cubrirá la nieve para que de las cuencas de mis ojos nazcan flores que irriten a quienes prefirieron la muerte a la poesía. ”

Alberto Méndez. Los Girasoles Ciegos.

Calle melancolía.

En las calles se respira cierta tristeza vestida de normalidad, el ruido es menos y la gente también para esta época del año. El calor ayuda a sudar el dolor. Lo silencia un poco. A los humanos nos gusta olvidar para poder engañar a la vida, aunque olvidar no se consigue de un día para otro. Vengo pensando en la persona que amo. A mi pregunta sobre si sería capaz de seguir pensando como pienso si me tocara de lleno, él ha respondido que me haría falta tener la cabeza muy bien amueblada, y opina que sí la tengo. No sé qué pensar. Cada vez me estorban más los muebles, en la cabeza o en cualquier otro sitio. Probablemente tenga razón: me costaría dejar de pensar que solo existe la raza humana con diferentes tonos de piel, igual que me costaría dejar de pensar que todo se reduce a una cuestión de intereses. Me gusta echarle la culpa a los poderosos y exculpar al pueblo. Me gusta echarle la culpa al petróleo y al dinero, más que a la raza. Me gusta pensar que el fascismo crea racismo y el racismo crea asesinos. Me gusta pensar que todo lo arregla la educación. Puede que esté equivocada. Quién sabe. Hoy me han dicho ilusa varias veces, es posible que lo sea, al fin y al cabo no me gustan los muebles.

Necesito caminar, ha sido un día difícil. Confieso que he llorado, a menudo cometo el peor de los pecados que uno puede cometer según el señor Borges: no ser feliz. Atravieso el Arco de Elvira, el Izzaro está cerrado pero dentro se escucha reggae. Al volver la esquina, en una tienda de dulces árabes, el tendero recoge el mostrador, no ha debido ser un buen día porque está cerrando y lo tiene casi lleno, quizás es el efecto mariposa. Me parece notarle el gesto triste, tras las gafas veo un hombre con cara de ser ‘en el amplio sentido de la palabra bueno’, como diría Machado. Sigo caminando y esas señoras tan señoreadas que adornan Granada salen de  la iglesia San Andrés, de la misa de ocho. Admiro la gente que es capaz de llevar el pelo perfecto, me tiro de la coleta para intentar acercar mi desastre a su perfección.

El Enano Rojo aún está cerrado, recuerdo aquellos conciertos de juventud. Parece que fue ayer cuando era joven, tan ayer me parece que por unos minutos me siento joven. Un poco más adelante,  me paro en un escaparate, una pareja cómplice pregunta en el Sex Shop si aún está abierto. Tras el cristal me llama la atención un consolador rosa con forma de patito. Debo pasarme por aquí con más tiempo. Me parece un instrumento necesario en cualquier hogar bien avenido. La rueda que emula a las de una antigua barbería da vueltas, me hace gracia el nombre: la barbería del barrio. Un ‘gafapasta’ hipster está tumbado mientras el barbero del barrio le atusa la barba.

Paso por la puerta de ese lugar donde venden esos shawarmas tan ricos. Hoy también está vacío, es una pena que no sea aún mi hora de cenar. Entro a ‘comida, bebidas y regalos’, un nombre que se queda corto porque venden de todo, voy a comprar tabaco, no debo fumar, el lunes sin ir más lejos lo voy a dejar. Una telenovela en chino tiene absorto al tendero que me desliza el paquete sin mirar sobre el mostrador, mientras de su boca sale el precio de forma automática. Yo también le deslizo el dinero y salgo en silencio para no molestarlo.

Un poco más adelante, comienzan esas tiendas en las que suelo hacer una parada para comprar pantalones de danza oriental. Están llenas de ropa, lámparas y pulseras. Su forma de hablar es tan colorida como la de sus tiendas, intento imaginar lo que están diciendo por sus gestos, siempre he querido aprender árabe. Escuchan la radio y agitan las manos. A pesar de su colorida lengua, les intuyo el gesto serio. Decido desviarme para salir a la Gran Vía. Esta calle me gusta y me agobia, según el día, o incluso la hora, o la estación del año. Por la mañana es luminosa y viva, cuando todos cierran, se torna gris y algo inquietante.

Con sus claros y sus sombras, concluyo que resume la sociedad con la que sueño.

 

“Pero, quiero que me digas amor
que no todo fue naufragar
por haber creído que amar era el verbo más bello
dímelo, me va la vida en ello”

Silvio Rodríguez

Texto: Cuca Centeno. ©. Copyright.-

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El sitio de mi recreo.

Me hubiera quedado a vivir allí para siempre, en aquella tierra cálida que me acunaba, en el vaivén de la respiración. Apoyada en su pecho, sentía el corazón palpitar bajo mi cabeza; aquel compás era el que marcaba el ritmo de mi existencia, mis ganas de vivir y mi entusiasmo.

Sentía el cobijo de sus brazos como un techo sólido que me protegía contra la intemperie de todo lo malo. Sus labios eran las puertas de una despensa llena de besos interminables de los que me abastecía día y noche. Su vientre suave mantenía la temperatura de mi cuerpo.

Tenía unas ventanas brillantes, que abría cada mañana, donde yo podía contemplar toda la belleza del universo. Era posible ver otros mundos a través de sus ojos. Todas las respuestas estaban dentro de aquella pupila.

La blanca espalda era un pasillo interminable que iba a parar a esquinas ocultas donde se detenía el placer y el tiempo. La amplitud de sus piernas alrededor de mi cintura dibujaba un movimiento rotatorio que creaba entre nosotros un espectro de radiación electromagnética. A veces esa luz se rompía por la humedad y se podía ver un bonito arco iris que se desplegaba desde las piernas a la garganta y me hacía suspirar y reír de placer hasta que se me sonrojaban las mejillas.

Sus cinco dedos eran los anclajes de seguridad a los que me agarraba cuando tenía que saltar al vacío.Los domingos por la mañana, si no podía dormir, metía la mano en su cabeza. Allí tenía un suave atrapasueños de pelo que ahuyentaba las pesadillas. La cabeza en su pecho, mi mano en la suya, el tambor de su corazón, el calor de su cuerpo.

No conozco ningún lugar mejor adonde volver.

Silencio, brisa y cordura
Dan aliento a mi locura
Hay nieve, hay fuego, hay deseos
Allí donde me recreo

Antonio Vega.

Texto: Cuca Centeno. ©. Copyright.-

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Cometas de Papel

Doña Manolita, que vivía en el quinto piso, subía las escaleras con la respiración entrecortada. Entre el carro de la compra y sus kilos, la pobre iba resoplando. Doña Victoria, que vivía en el primero y lo tenía siempre todo muy ordenado, incluyendo a su marido y a su hija, había subido a hablar con mi madre. Se encontraron las tres en el rellano de la segunda planta; mi madre tenía el delantal puesto y subía el tono de voz porque entre el niño de Carmelita (nuestro canario que nunca paraba de cantar a pleno pulmón) y la olla express, aquello parecía una estación de tren más que unas escaleras. Yo estaba tirada en el suelo, cuando hablaban no se daban cuenta de que las miraba por debajo de la falda. Siempre he considerado que el color y las características de la ropa interior dice mucho del verdadero yo. A doña Manolita, a duras penas se le adivinaban unas bragas-faja color carne, porque tenía las piernas demasiado juntas; las de doña Victoria eran blancas y relucientes, igual que el suelo de su casa. Las de mi madre no me interesaban porque ya lo sabía casi todo de ella. Doña Victoria había ido a mi casa para quejarse por mi plantación de cometas en el barrio. Lo había hablado con otras vecinas, también con Pili, la del tercero. Habían nombrado a doña Victoria embajadora contra mi causa. Doña Manolita me defendió diciendo que le parecía una solemne tontería y mi madre le contestó con aspavientos de manos: -Mire usted, a las cometas se las llevará el invierno, pero sus tonterías no sé cuándo terminarán-. Y le dio un portazo en las narices. En ese momento, imaginé las bragas de mi mami rosas, aún sin habérselas visto.

Aquel verano hizo mucho calor y no teníamos vacaciones. Para mitigar mi aburrimiento, mi hermano me fabricaba cometas con papel de colores y varillas de caña, luego me dejaba escribirles un mensaje con rotuladores donde yo mandaba deseos al aire llenos de esperanzas. El viento las llevaría tan lejos que aterrizarían donde pudieran hacerse realidad. Quizás a una playa luminosa donde yo imaginaba un verano más divertido que el mío. Después de aquel arduo proceso, subíamos a la soleada terraza y buscando el impulso del viento las echábamos a volar. Yo las alentaba desde mi pequeño corazón, pero a menudo la ilusión duraba poco: la chispa se apagaba cuando se quedaban enganchadas en las antenas de la televisión. Para no escucharme lloriquear, mi hermano me cogía de la mano y bajábamos a casa para hacer una nueva y volver a intentarlo.

Y así fue como llené los tejados de mi barrio de cometas de colores, esas que según mi madre, se llevaría el invierno.

“Mi patria es la infancia” Miguel Delibes.

Texto: Cuca Centeno. ©. Copyright.-

Imagen: Amanda Cass