En algún lugar de la memoria

Mi abuelo luchó en el bando nacional, o como a él le gustaba aclarar: —Estuve, porque luchar no luché—. Un día, en el bando republicano, escuchó a alguien gritar: —¿Hay alguien ahí de Calle Real?—. Y a él le pareció claramente la voz de su amigo Paco. En ese momento decidió no pegar ni un solo tiro si no era en defensa propia. Las razones eran claras: en primer lugar, no sabía por qué había que luchar y, en segundo lugar, si su amigo Paco moría, ¿con quién iba a tomarse los churros de los domingos sentados al sol en la Plaza Bib Rambla? ¿A quién le iba a contar sus cosas cuando terminara aquella pesadilla? —ni hablar, ni hablar —decía siempre. Es verdad que Paco era muy rojo y que a él le interesaba poco o nada la política pero era su amigo, su mejor amigo. A mí abuela la debió marcar el día que se lo llevaron, porque lo contaba siempre; incluso con Alzheihmer, repetía la historia perfectamente: — Tu madre era muy pequeña, se lo llevaron y tu madre lloraba. Tuve que tirar tanto de ella para que no saliera corriendo detrás de tu abuelo que se le salió un hombro. Y así estuvo días, con el hombro salido y abrazando una muñeca. Mi hermano, que en aquella época sufría problemas económicos y vivía con nosotros, se ahorcó; dejó una nota en la que explicaba entre otras cosas que era pacifista, que ya era algo más de lo que era tu abuelo, porque tu abuelo es que no era nada, al pobre le venía todo bien. Y así fue cómo salí de aquella casa con tu madre, el hombro descolocado, la muñeca y un hatillo con lo más inmediato pensando en no volver allí nunca más, nunca más. Cuando entraba en la habitación, no podía sacarme de la cabeza las botas muertas de mi hermano dando tumbos en mitad de la habitación, ¡con el trabajo que me había costado sacarlo adelante!. Era la segunda vez que cerraba puertas y pestillos para enterrar allí los recuerdos e intentar olvidar. Lo cerré todo bien fuerte, ¿sabes niña? Bien fuerte—. Mi abuela se tuvo que venir de la Alpujarra siendo ‘mozuela’, decía ella; una epidemia de tuberculosis acabó con sus padres y dos de sus hermanos. Ella era la mayor, así que vendió lo que tenía y se vino a Granada para intentar sacar a sus tres hermanos pequeños adelante. — Luego llegó la guerra y me robó otro. Tanto sacrificio para esto, putas guerras y putos gobernantes— y escupía al suelo. Yo me quedaba boquiabierta, porque normalmente era muy educada. Recomponía su talante elegante, se ponía bien la falda sentada muy recta y se atusaba un pelo rizado y abundante plateado por los años y por sus batallas. Mi abuelo arreglaba muebles y ponía anea a las sillas. Cuando mi abuela pasaba por la puerta, con esos ojos tan grandes, ese pelo y aquellas caderas, él salía rápidamente a la puerta. Como era nueva en el barrio, le puso la forastera y cuando pasaba le decía: — forastera, ¿cuándo te vas a casar conmigo?—. Lo miraba con ese carácter seco que la caracterizaba y no le contestaba. Para ella era solo un niño. Él tenía 23 años y ella 30 cuando se casaron. Él lo achacaba a que sus encantos eran irresistibles; ella, a que él le devolvió la sonrisa. Cuando volvió de la guerra, mi abuela contaba que parecía una marioneta: —Vi venir a un hombre con unas patillas muy secas, con la ropa rota y muy sucio.Había algo en su mirada diferente. Yo no sabía bien si era tu abuelo, lo abracé fuerte y cuando lo saqué de la bañera, vi que sí, que era mi Antonio; había vuelto, aunque el brillo de su mirada no volvió nunca, se lo llevó la guerra—. En toda su vida no le perdonó al bando con el que luchó que su amigo Paco no volviera. Eran otros tiempos, los médicos no recetaban Prozac, así que todos se administraba su propia cura ‘ dos vasillos de vino’. Nunca estaba borracho, pero no podía vivir sobrio. Murió de cirrosis. Lo mató la incapacidad de vivir en el mundo real. Yo era muy pequeña. Mi madre me llevaba al hospital porque no tenía con quien dejarme. — Ven aquí conmigo, lo que tengo no es contagioso—. Me miraba con ojos dulces y me decía: — Estos mofletes no tienen precio —. Mi madre dice que nos quedábamos dormidos abrazados, y de esa forma fue como un día yo me desperté y él no. Se murió con las ganas de saber dónde estaría enterrado su amigo Paco para poder ponerle unas flores los domingos por la mañana. Y no, no era odio, no era rencor, era amor.

Es 20 de junio. Normalmente me gusta subir a la tapia del cementerio de Granada, pero hoy estoy fuera y, en su defecto, he decidido ponerme a escribir esta historia para compensar; no sé por qué a tanta gente le cuesta entender que no es una cuestión de odio, es una cuestión de cicatrizar heridas.

Mi abuelo está enterrado al otro lado de la tapia, tuvo un entierro digno, pero sé cuánto le hubiera gustado que la familia de su amigo tuviera también un lugar donde acudir a llevar flores.

…) Philip se dio cuenta que, en una guerra civil, la primera baja era la de la justicia. Los pilares de la Tierra” (1989),Ken Follett

 

Texto: Cuca Centeno. ©. Copyright.-

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El baúl de los sueños.

El calor había entrado de golpe, le pesaban las piernas y se sentó en un banco para descansar, la mochila llena de libros le estaba lastimando el hombro. Incluso las palabras, una de las cosas que más le gustaban,comenzaban a pesarle, pensó mientras las soltaba de golpe y se agachaba para buscar en un bolsillo un cigarro, que no debía fumar porque se le acentuaba aún más el nudo del estómago. El árbol que había junto al banco movía armónicamente sus hojas recién estrenadas, orgulloso y brillante. Qué fácil sería vivir sin tener que pensar, solo estar, enraizada a la tierra dejándose acariciar por el sol y la lluvia.

En ese momento se escuchó una estampida de voces infantiles y salieron al patio dando gritos un buen número de mamíferos humanos. Los miró con nostalgia tras la cancela, mientras exhalaba el humo. Tendrían cinco o seis años y blandían en la mano espadas de colores que probablemente les habían dado para celebrar el final del curso escolar. Le vino a la mente aquella canción de Fede Cómín “de grande no quisiera ser mayor”, y unos versos de Rilke, “La verdadera patria del hombre es la infancia”. Ser adulta había convertido su infancia en un baúl de los sueños,algunos quizás recuperables.

Estaba fascinada por tanta felicidad inconsciente. En unos años sabrían que esto es la guerra y les deseó que sus espadas siguieran siendo rosas y de plástico y que su objetivo continuara siendo atacar al enemigo para robar cosquillas y sonrisas. Cerró los ojos y lo pidió al universo desde su corazón de niña adulta. Su amigo el árbol asintió con las ramas. O eso quiso pensar ella.

“Ninguna razón tenemos para recelar y desconfiar del mundo en que vivimos. Si entraña terrores, son nuestros terrores. Si entraña abismos, esos abismos nos pertenecen. Si es así de peligros, hay que procurar amarlos. Quizá sean todos los dragones de nuestra vida, princesas que sólo esperan vernos alguna vez resplandecientes de belleza y valor.” Rainer María Rilke.

Texto: Cuca Centeno. ©. Copyright.-

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Las mujeres de mi vida.

―En estos momentos no puedo ocuparme de tus manías belicosas del contraataque y más, cuando me has pillado con los rulos puestos y el Mister Proper en la mano ,ocupándome del Feng Shui y el orden kármico de mi casa ―le grito.

No me puedo buscar un par de poetas que me regalen palabras bonitas, no. Yo me busco un par de marujas gritonas de jolgorio. Eso pienso mientras la Mari me vocifera desde la ventana de enfrente si le han quedado bien las mechas, pero qué alegría me da cuando la veo ponerse cómoda en al poyo de la ventana, con su cigarro en la mano y su cabeza vacía de preocupaciones. Lo hace de forma voluntaria, ella es superflua por elección, dice que es más feliz así. No hay que tomarla a broma, es capaz de guardar en sus neuronas el último catálogo del Ikea y el de rebajas de Zara con sus códigos correspondientes.

―¿Cómo vas culturetas? Vaya pelos que tienes. Desde que te ha dado por el rollo naturista me aburres. Tu mal rollo con los parabenos va a terminar con nuestra amistad, tienes el pelo hecho un asco. Deja ya esa mierda de Henna y pásate a la mala vida del amoniaco.

Es mi pepita grillo maligna rubia y fumona de la casa de enfrente. Experta en relativizar mis calentamientos de cabeza.

―Que sepas que voy a vivir menos que tú pero mejor y más guapa, que lo sepas, ―grita mientras echa una bocanada de humo que llega hasta mi ventana. Como éramos pocas, parió la abuela, y la Carmen acude al olor de los gritos y el humarín de la Mari.

―¿Qué pasa con la Madame Bovary de la Chana? ¿Ya se ha achicharrado el pelo otra vez? Es que desde que se ha echado a ecologista radical no hay quien cojones  la aguante. Imagínate, Mari, que el otro día estuve en su casa y le he descubierto un nuevo secreto: utiliza desodorante de perro flauta, un mineral de alumbre que se pasa por el sobaco con total normalidad. La verdad es que he pensado en probarlo porque dice que le ha costado seis pavos en el herbolario de la Conchi y que le dura un año y encima adiós golondrinos.

Veo a Carmen sacar el paquete de tabaco, mueve el dedo gordo repetidas veces hacia abajo, la Mari entiende y le tira el encendedor, que vuela por encima del naranjo y cruza delante de mi cara de boca abierta y va a parar, con  matemática precisión, a manos de la Carmen. Por lo visto lo de arreglar mi vida va para largo. 

―Quita ya al Aute ese o me voy a tragar la caja de Prozac que me queda. La Carmen y yo nos vamos a la zumba, vente y deja ya el puto yoga que te vas a descoyuntar, y digo yo que  podrías pasar hoy de la manifestación de los miembros y las miembras y venirte luego con nosotras de compras.

― Mira que sois brutas, me voy que llego tarde, os busco esta noche en el bar de Julio,  después de la manifestación. ―Les contesto entre que me aguanto la risa y las censuro con un movimiento de cabeza mientras cierro la ventana.

A menudo nuestras conversaciones son triviales, pero detrás de nuestras trivialidades se esconde siempre una preocupación  constante por el bienestar de las otras. Pienso en el feminismo, en mi Carmen, en mi Mari, que nunca me han dejado sola ante la vida, que siempre han cuidado de mí ante cualquier adversidad. En lo feministas que son, aunque ellas no lo sepan, ni me acompañen a las manifestaciones . La autenticidad no necesita afiliaciones ni distintivos, sobran palabras cuando hablan los hechos. Las mujeres más fuertes son las que ves ayudándose entre sí. No entiendo el feminismo sin solidaridad entre mujeres. Ayudarnos entre nosotras parece simple, pero a lo largo de mi vida  he comprobado que puede llegar a ser mucho más complicado de lo que se escribe. Hoy brindo por las feministas del mundo, por todas,  por las que dicen serlo, y por las que lo son  aunque no lo sepan.

“Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que no conocí, pero que forjaron un suelo común, de aquellas que amé aunque no me amaron, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y tierno corazón guerrero” Alejandra Pizarnik.

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Cambio de hora.

La tarde cae a través de una ventana de Granada. Un patio soleado lleno de enredaderas comienza a ensombrecerse. La tristeza se derrama por el verde de las paredes. Tenemos un silencio de concentración y de estudio. Me fastidia el cambio de hora, nunca he sabido muy bien qué hacer con la oscuridad. Ella me saca de mis pensamientos y pregunta sobre Los Girasoles Ciegos. Me devuelve la atención a la mesa donde tenemos un texto de Alberto Méndez, ese fragmento en donde el joven poeta muere de frío, de hambre y, sobre todo, de amor y de ideología. Me está mirando interrogante con sus grandes ojos tristes, como diría el poeta. Espera una respuesta.
Le explico que es un libro que describe muy bien una guerra entre hermanos, la injusticia del odio. Le cuento que las víctimas que provoca una guerra siempre son las mismas, independientemente del bando al que pertenezcan. Siempre sufre el más sensible, siempre gana el más indolente, el más despiadado. El pueblo solo es víctima del que provoca una guerra. Le hablo de la necesidad de tener un criterio propio, de no conformarse nunca con lo que te cuentan, de informarse siempre antes de opinar, de la importancia de no juzgar, de intentar buscar siempre la verdad.
Pero era solo un poeta, no le había hecho nada a nadie, era joven y estaba enamorado, su mujer también ha muerto. Es injusto, no me gusta este libro ―me dice disgustada mientras baja una mirada disconforme.
Si no te gusta este libro, no te va a gustar la vida ―le contesto.
Se lo digo y me lo digo a mi misma, mientras leo de reojo en el móvil, otro mensaje de algún descerebrado que me acusa de ser escritora, de no encontrar nunca la pareja de mis calcetines, de ser crítica, de ser libre, de no tener un líder, de ser un cúmulo de defectos que intenta vivir tranquila en una casa aliñada de jardín con gatos y libros con música clásica. Pero ha llegado una nueva deidad y ha dicho lo contrario. Y yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa. Otro poeta en mi mente de nuevo.
Simba me lame la mano que me cuelga de la mesa para llamar mi atención. Sus redondos ojos negros escondidos tras sus bigotes y sus pobladas cejas me roban una sonrisa.
Solo vosotros podréis salvar el mundo ―le digo acariciando sus peludos mofletes ―solo vosotros, nosotros ya no podemos.
¿Por qué le dices eso? ―pregunta ella.
¿Has leído Rebelión en la Granja? ¿Has leído 1984? ¿Has leído Tiempo Desarticulado? ¿Has visto el Show de Truman? Pues debes hacerlo si quieres hacer un buen comentario de texto, si quieres tener tu propio criterio ―le contesto.
Aunque si quiere ser feliz, quizás es mejor que no lea nada. Pienso que es una buena chica, quizás es preferible  dejarla que siga mirando Instagram.

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“Sí. Hemos perdido una guerra y dejarnos atrapar por los fascistas sería lo mismo que regalarles otra vez otra victoria. Elena ha querido seguirme y ahora sabemos que nuestra decisión ha sido errónea. Quiero pensar que jamás se cometió un error tan generoso.
Debimos hacer caso a sus padres, a los que pido perdón por permitir que Elena me acompañase en mi huida.
Que te quedes, no te harán daño, le dije. Que te sigo. Que me matan. Que me muero. Hablábamos de la muerte para dejar la vida al descubierto. Pero nos equivocábamos. Nunca debimos emprender un viaje tan interminable estando ella de ocho meses. El niño no vivirá y yo me dejaré caer en los pastos que cubrirá la nieve para que de las cuencas de mis ojos nazcan flores que irriten a quienes prefirieron la muerte a la poesía. ”

Alberto Méndez. Los Girasoles Ciegos.

Calle melancolía.

En las calles se respira cierta tristeza vestida de normalidad, el ruido es menos y la gente también para esta época del año. El calor ayuda a sudar el dolor. Lo silencia un poco. A los humanos nos gusta olvidar para poder engañar a la vida, aunque olvidar no se consigue de un día para otro. Vengo pensando en la persona que amo. A mi pregunta sobre si sería capaz de seguir pensando como pienso si me tocara de lleno, él ha respondido que me haría falta tener la cabeza muy bien amueblada, y opina que sí la tengo. No sé qué pensar. Cada vez me estorban más los muebles, en la cabeza o en cualquier otro sitio. Probablemente tenga razón: me costaría dejar de pensar que solo existe la raza humana con diferentes tonos de piel, igual que me costaría dejar de pensar que todo se reduce a una cuestión de intereses. Me gusta echarle la culpa a los poderosos y exculpar al pueblo. Me gusta echarle la culpa al petróleo y al dinero, más que a la raza. Me gusta pensar que el fascismo crea racismo y el racismo crea asesinos. Me gusta pensar que todo lo arregla la educación. Puede que esté equivocada. Quién sabe. Hoy me han dicho ilusa varias veces, es posible que lo sea, al fin y al cabo no me gustan los muebles.

Necesito caminar, ha sido un día difícil. Confieso que he llorado, a menudo cometo el peor de los pecados que uno puede cometer según el señor Borges: no ser feliz. Atravieso el Arco de Elvira, el Izzaro está cerrado pero dentro se escucha reggae. Al volver la esquina, en una tienda de dulces árabes, el tendero recoge el mostrador, no ha debido ser un buen día porque está cerrando y lo tiene casi lleno, quizás es el efecto mariposa. Me parece notarle el gesto triste, tras las gafas veo un hombre con cara de ser ‘en el amplio sentido de la palabra bueno’, como diría Machado. Sigo caminando y esas señoras tan señoreadas que adornan Granada salen de  la iglesia San Andrés, de la misa de ocho. Admiro la gente que es capaz de llevar el pelo perfecto, me tiro de la coleta para intentar acercar mi desastre a su perfección.

El Enano Rojo aún está cerrado, recuerdo aquellos conciertos de juventud. Parece que fue ayer cuando era joven, tan ayer me parece que por unos minutos me siento joven. Un poco más adelante,  me paro en un escaparate, una pareja cómplice pregunta en el Sex Shop si aún está abierto. Tras el cristal me llama la atención un consolador rosa con forma de patito. Debo pasarme por aquí con más tiempo. Me parece un instrumento necesario en cualquier hogar bien avenido. La rueda que emula a las de una antigua barbería da vueltas, me hace gracia el nombre: la barbería del barrio. Un ‘gafapasta’ hipster está tumbado mientras el barbero del barrio le atusa la barba.

Paso por la puerta de ese lugar donde venden esos shawarmas tan ricos. Hoy también está vacío, es una pena que no sea aún mi hora de cenar. Entro a ‘comida, bebidas y regalos’, un nombre que se queda corto porque venden de todo, voy a comprar tabaco, no debo fumar, el lunes sin ir más lejos lo voy a dejar. Una telenovela en chino tiene absorto al tendero que me desliza el paquete sin mirar sobre el mostrador, mientras de su boca sale el precio de forma automática. Yo también le deslizo el dinero y salgo en silencio para no molestarlo.

Un poco más adelante, comienzan esas tiendas en las que suelo hacer una parada para comprar pantalones de danza oriental. Están llenas de ropa, lámparas y pulseras. Su forma de hablar es tan colorida como la de sus tiendas, intento imaginar lo que están diciendo por sus gestos, siempre he querido aprender árabe. Escuchan la radio y agitan las manos. A pesar de su colorida lengua, les intuyo el gesto serio. Decido desviarme para salir a la Gran Vía. Esta calle me gusta y me agobia, según el día, o incluso la hora, o la estación del año. Por la mañana es luminosa y viva, cuando todos cierran, se torna gris y algo inquietante.

Con sus claros y sus sombras, concluyo que resume la sociedad con la que sueño.

 

“Pero, quiero que me digas amor
que no todo fue naufragar
por haber creído que amar era el verbo más bello
dímelo, me va la vida en ello”

Silvio Rodríguez

Texto: Cuca Centeno. ©. Copyright.-

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El sitio de mi recreo.

Me hubiera quedado a vivir allí para siempre, en aquella tierra cálida que me acunaba, en el vaivén de la respiración. Apoyada en su pecho, sentía el corazón palpitar bajo mi cabeza; aquel compás era el que marcaba el ritmo de mi existencia, mis ganas de vivir y mi entusiasmo.

Sentía el cobijo de sus brazos como un techo sólido que me protegía contra la intemperie de todo lo malo. Sus labios eran las puertas de una despensa llena de besos interminables de los que me abastecía día y noche. Su vientre suave mantenía la temperatura de mi cuerpo.

Tenía unas ventanas brillantes, que abría cada mañana, donde yo podía contemplar toda la belleza del universo. Era posible ver otros mundos a través de sus ojos. Todas las respuestas estaban dentro de aquella pupila.

La blanca espalda era un pasillo interminable que iba a parar a esquinas ocultas donde se detenía el placer y el tiempo. La amplitud de sus piernas alrededor de mi cintura dibujaba un movimiento rotatorio que creaba entre nosotros un espectro de radiación electromagnética. A veces esa luz se rompía por la humedad y se podía ver un bonito arco iris que se desplegaba desde las piernas a la garganta y me hacía suspirar y reír de placer hasta que se me sonrojaban las mejillas.

Sus cinco dedos eran los anclajes de seguridad a los que me agarraba cuando tenía que saltar al vacío.Los domingos por la mañana, si no podía dormir, metía la mano en su cabeza. Allí tenía un suave atrapasueños de pelo que ahuyentaba las pesadillas. La cabeza en su pecho, mi mano en la suya, el tambor de su corazón, el calor de su cuerpo.

No conozco ningún lugar mejor adonde volver.

Silencio, brisa y cordura
Dan aliento a mi locura
Hay nieve, hay fuego, hay deseos
Allí donde me recreo

Antonio Vega.

Texto: Cuca Centeno. ©. Copyright.-

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Cometas de Papel

Doña Manolita, que vivía en el quinto piso, subía las escaleras con la respiración entrecortada. Entre el carro de la compra y sus kilos, la pobre iba resoplando. Doña Victoria, que vivía en el primero y lo tenía siempre todo muy ordenado, incluyendo a su marido y a su hija, había subido a hablar con mi madre. Se encontraron las tres en el rellano de la segunda planta; mi madre tenía el delantal puesto y subía el tono de voz porque entre el niño de Carmelita (nuestro canario que nunca paraba de cantar a pleno pulmón) y la olla express, aquello parecía una estación de tren más que unas escaleras. Yo estaba tirada en el suelo, cuando hablaban no se daban cuenta de que las miraba por debajo de la falda. Siempre he considerado que el color y las características de la ropa interior dice mucho del verdadero yo. A doña Manolita, a duras penas se le adivinaban unas bragas-faja color carne, porque tenía las piernas demasiado juntas; las de doña Victoria eran blancas y relucientes, igual que el suelo de su casa. Las de mi madre no me interesaban porque ya lo sabía casi todo de ella. Doña Victoria había ido a mi casa para quejarse por mi plantación de cometas en el barrio. Lo había hablado con otras vecinas, también con Pili, la del tercero. Habían nombrado a doña Victoria embajadora contra mi causa. Doña Manolita me defendió diciendo que le parecía una solemne tontería y mi madre le contestó con aspavientos de manos: -Mire usted, a las cometas se las llevará el invierno, pero sus tonterías no sé cuándo terminarán-. Y le dio un portazo en las narices. En ese momento, imaginé las bragas de mi mami rosas, aún sin habérselas visto.

Aquel verano hizo mucho calor y no teníamos vacaciones. Para mitigar mi aburrimiento, mi hermano me fabricaba cometas con papel de colores y varillas de caña, luego me dejaba escribirles un mensaje con rotuladores donde yo mandaba deseos al aire llenos de esperanzas. El viento las llevaría tan lejos que aterrizarían donde pudieran hacerse realidad. Quizás a una playa luminosa donde yo imaginaba un verano más divertido que el mío. Después de aquel arduo proceso, subíamos a la soleada terraza y buscando el impulso del viento las echábamos a volar. Yo las alentaba desde mi pequeño corazón, pero a menudo la ilusión duraba poco: la chispa se apagaba cuando se quedaban enganchadas en las antenas de la televisión. Para no escucharme lloriquear, mi hermano me cogía de la mano y bajábamos a casa para hacer una nueva y volver a intentarlo.

Y así fue como llené los tejados de mi barrio de cometas de colores, esas que según mi madre, se llevaría el invierno.

“Mi patria es la infancia” Miguel Delibes.

Texto: Cuca Centeno. ©. Copyright.-

Imagen: Amanda Cass

Una niña de barrio.

Mi querida profesora del taller de literatura me puso como deberes escribir una reseña autobiográfica. Advierto que tengo tendencia a mezclar la realidad con la ficción…

Me llamo Cuca, aunque mi nombre real es Catalina Antonieta. Mis hermanos llegaron a la conclusión de que no me pegaba un nombre tan serio y como decían que era una niña muy cuca, me quedé con Cuca. Mi madre le hizo una promesa a Santa Catalina, tenía ya tres niños y quería una niña, así que convino con ella que si se cumplían sus deseos, esa niña llevaría su nombre, y así fue. Mi padre se ha pasado media vida protestando porque decía que a él le hubiera gustado que me llamara Fátima, pero mi madre dice que no se puede desafiar a los santos y que las promesas hay que cumplirlas.
Con cinco años mi hermano Migue me enseñó a leer. Aquel verano lo pasé en una terraza pequeñita leyendo a Julio Verne y comiendo galletas. Descubrí que además de una abuela con Alzheimer, una madre sobreprotectora y tres hermanos estupendos pero un poco brutos, había otras realidades hacia donde podía escapar. Cuando finalizó el verano, me había convertido en una niña regordeta y tostada por el sol. Mi madre decidió llevarme al médico porque me caía bastante a menudo. El veredicto fue tajante: esta niña ha perdido agilidad, tiene que dejar de leer y salir a jugar.
Cuando terminaba de hacer los deberes, mi madre me obligaba a salir una hora a la calle. Pronto tuve dos cosas divertidas: libros y amigos. De esa manera el problema de mi obsesión por Julio Verne se equilibró.
Estudié Filología Hispánica con muy poco esfuerzo intelectual y mucho esfuerzo emocional. La Universidad no me trató con cariño, era demasiado joven para tener 18 años. El reconocimiento de los requisitos necesarios para ser adulta me llevaron a negarme a asistir a clase. Esta vez mi madre me llevó al psicólogo. Me diagnosticaron PAS (persona altamente sensible). Nunca le he hecho mucho caso porque creo que las etiquetas ayudan poco o nada. Terminé felizmente mis estudios, aunque mi padre decía que daba igual si conseguía tener mi título oficial o no, porque de todas formas yo era filóloga desde pequeña, y que como decía mi abuelo, con estudios o sin ellos, Dios se sienta al lado de quien le sale de los cojones.
Cuenta la leyenda familiar que hablé antes de caminar. Leo por necesidad y escribo por placer. La literatura es una medicina que ahora solo me administro cuando la necesito, sin más pretensiones. Julio Verne salvó muchos veranos de mi infancia y Herman Hesse me obligó a hacerme mayor. Con su ayuda inestimable y la de muchos otros sigo aquí. Siempre he pensado que parte de mi equilibrio mental se lo debo a los personajes de mis libros, esos que siempre me acompañan y viven entre las páginas de papel y letras. Imagino que cuando cierro el libro se relajan, como los actores de teatro, y quedan en el prólogo para tomar un café, ir al servicio o darse un retoque en el baño. De vez en cuanto, se asoman entre hojas para estar pendientes de mi vuelta y gritar: ¡todos a sus puestos! Cuando la vida va deprisa, los guardo en el bolso y los cambio por unos auriculares, entonces se relajan y van roncando acunados por el vaivén de mis pasos y solo la música es capaz de llenar el vacío que me dejan las palabras. Ese ha sido siempre mi secreto para no sentirme sola. El aprendizaje más duro que he sufrido es llegar a esa conclusión: estamos solos.
Con los años mi sensibilidad se ha relativizado. Me salva y me ha salvado siempre el sentido del humor.
El amor me provoca excesos y el odio me provoca indiferencia. Soy de izquierdas (no me hagáis mucho caso cuando digo esto con total convicción. La mayoría de las veces, y más últimamente, cuando la gente dice que es de izquierdas es solo un acto de vanidad). Tengo amigos de todas las ideologías, me considero una persona transigente, solo hay tres cosas que no tolero: el racismo, el machismo y la homofobia.
Me cuesta trabajo ver las noticias. Cuando veo a los refugiados sirios cruzar un río helado por mi televisor, lloro. Me esfuerzo en ser una librepensadora. Debería irme a la Alpujarra a esquilar ovejas. Alguna vez me lo he planteado seriamente y me he dedicado a cuantificar el tiempo que tardaría en cultivar el huerto, fabricar el pan y cuidar de mi ganado. La conclusión es que no estoy preparada, terminaría aún más estresada de lo que estoy ahora.
Me gusta hacer el amor y que me lo hagan, las tardes de sol en otoño y las tormentas de verano, charlar con mis amigos, las cañas de los viernes y los cafés de los domingos. Me encanta Cádiz y bañarme desnuda. Introducirme en el agua con la sensación de entrar en el útero de la tierra.
Otro de mis soportes básicos es la danza oriental. Hace años que la practico. Es mi secreto para relajarme, me gusta dibujar las emociones con mi cuerpo, me libera de las malas energías y me ayuda a reconciliarme conmigo misma. Si es cierto que existe una memoria genética y hay una predisposición a responder de cierto modo a ciertos estímulos, entonces estoy casi segura de que corre sangre árabe por mis venas.
He sido profesora de Español para extranjeros en una escuela la mayor parte de mi vida laboral. Desde que sobrevino la crisis me he convertido en vendedora de conocimientos itinerante: soy freelance. Mi amiga Ana dice que es mejor ponerle ese título honorífico a decir que doy clases particulares. Opina que queda más chic y me regaña porque dice que siempre me he vendido muy mal y que debo tener en cuenta que estamos en la era del automarketing. En conclusión, doy clases de Español por la mañana, de comentario de texto para el acceso a la Universidad por la tarde y, cuando me queda un rato, colaboro como correctora de textos a distancia.
Mis amigos suelen resaltar de mí la capacidad para escuchar y debe ser verdad porque algunos días me levanto y me acuesto solucionando vidas ajenas. En realidad no soluciono nada, solo los escucho. El secreto radica en mi incapacidad para enjuiciar a los demás y en mi timidez para dar consejos cuando no me los piden. Y en dar abrazos. Cuando no sé qué decir sencillamente los abrazo.
Ahora vivo en el campo. Paso muchas horas en casa porque trabajo allí, así que me he vuelto un poco pueblerina. A veces bajo a la capital (fórmula que utilizan los viejos de mi pueblo que viven entregados al Beatus Ille). El otro día emprendí mi peregrinación para ir al banco y me encontré en mitad de una entidad diciendo en voz alta que son todos unos impresentables. He llegado a la conclusión de que se me ha pegado un poco ese tono cascarrabias y descarado del que se jactan los oriundos de mi pueblo, ese tono de supremacía moral que emplean las personas que trabajan con sus manos. Todo eso lo he aprendido en el kiosco trasnochado donde voy a comprar tabaco suelto y donde me han adoptado como una más. Es fácil encontrarme allí fumando como un camionero y hablando del Plan de Fomento de Empleo Agrario (PER para los amigos) y de lo mala que está la agricultura. Tengo bastante capacidad de mimetizarme con el entorno, esa es otra de mis pocas cualidades.
Aunque me he adaptado bien a la vida tranquila, en esencia soy una niña de barrio. Vivir en el campo me hace feliz pero cuando vuelvo a mi barrio, huele a infancia, a mediodía soleado, a patatas fritas, a besos ocultos en el rellano de las escaleras, a trancos llenos de amistad con pipas, a saltos en los charcos, a madres besuconas, a ojos de patio que cuentan historias por cada una de sus ventanas, a acuarelas, a papel y a colegio.
Soy, definitivamente, una niña de barrio.

Texto: Cuca Centeno. ©. Copyright.-

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Raíces

Está anocheciendo. Se escuchan en el silencio de la noche, lentamente y con desgana, las ocho campanadas de la iglesia del pueblo. Un perro les replica a lo lejos. Tengo la mirada fija en el fuego. La leña, aún después de muerta, a veces se estremece de dolor. Me da por pensar que en esos trozos de madera queda algo de vida que solloza.

El fuego se apaga. Me agacho y le soplo lentamente para darle vida. Me está provocando para que escriba. En ese instante siento que el fuego es como el amor, a veces uno se queda sin aliento para que el otro se incendie.

Nunca me gustó el invierno, pero me gusta presentir las estaciones, el campo empieza a oler a manzanilla de día, aunque por la noche aún tenga que calentarme en la chimenea. Las transmutaciones siempre tienen un poco de ambigüedad, de lucha, igual que escribir, que no deja de ser un enfrentamiento constante con mis propios fantasmas.

Dicen que tengo que viajar para poder inventar historias, pero las travesías me ponen nerviosa. El ajetreo que se respira en los aviones me corta la respiración, los estímulos externos de las ciudades que me son ajenas me suelen dejar sin palabras, los entresijos de las calles que no conozco me dejan sorda, muda y con los ojos demasiado abiertos.

No puedo escribir cuando vivo y no puedo vivir cuando escribo. Y no, nunca fui una aventurera, soy una mujer árbol y me agarro con todas mis fuerzas a la tierra. Lo que realmente me provoca el llanto de las palabras es el silencio, el sonido del fuego, las olas del mar, el lenguaje de los árboles cuando los acaricia el viento, el calor de otro cuerpo, el eco de mis ancestros en la memoria. Las palabras solo me fluyen, cuando consigo esa extraña pero armoniosa sensación de ser una minúscula célula en el cuerpo circular de la madre tierra, cuando siento en mis manos el calor del fuego.

“Mis pies tocan las raíces de un cuerpo eterno, para el que no tengo nombre. Estoy en comunicación con la Tierra entera. Aquí estoy en el útero del tiempo, y nada me sacará de mi quietud”.

Henry Miller.

Texto: Cuca Centeno. ©. Copyright.-

Imagen extraída de Internet, si eres su autor  dímelo y añadiré tu nombre o la retiraré de inmediato.

En las nubes.

Mi primer verso es siempre una página en blanco.

Un trébol de cuatro hojas vive frustrado porque los demás tienen tres.

Un escarabajo camina a ritmo de jazz con sus zapatos encorsetados, la danza es difícil con tantos pies.

La flor abocada a abrirse de noche, suspira y sueña con ver el día.

Una araña dormita después de tejer su tela, tanto trabajo la ha dejado sin fuerzas para devorar a sus presas.

Una abeja vuela con un zumbido triste, está cansada de polinizar el mundo.

La palmera permanece estoica con sus pinchos cabizbajos, no entiende por qué nadie quiere abrazarla…”

El jardín permanece quieto y vivo para mí, sin saber de la existencia de otros mundos sutiles.

Escribía esto en un papel, cuando me ha sorprendido el sonido del viento, me he tumbado boca arriba y me he perdido en el vaivén  de las  nubes. Inesperadamente, en mi pequeño trozo de cielo raso ha aparecido una masa de vapor blanca, pequeñas gotitas han comenzado a caer sobre mi cara, me he sentido contenta y feliz como una niña pequeña. Seguro que aquella nube había viajado desde algún país lejano solo para besarme. He resguardado mi papel con pretensiones de poema barato y me he dejado mojar por el mundo.

Texto: Cuca Centeno. ©. Copyright.-

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